sábado, 11 de julio de 2009

Lovecraft contra los zombies

Autor Martín Cagliani - Ilustraciones Pedro Belushi 

(Utilizando personajes y lugares ficticios de la obra de H. P. Lovecraft)

Extracto del libro Sobre los primigenios (1922), de Santiago Achotegui:

pedro belushi

Hace seis años llegué hasta la Universidad de Miskatonic buscando el libro ¿Otra humanidad?, del noruego Galning Forsker, quien fue catedrático de folklore e historia antigua allí durante dieciocho años. La universidad poseía el manuscrito original, con partes no incluidas en la versión comercial. Fue esa misma institución la que financió su expedición de 1910 al volcán Gunung Lawu, durante la cual desapareció este excelente científico. Pero esta historia no es sobre Forsker, sino sobre un caso que pude descubrir mientras exploraba la biblioteca.

Se trata de una expedición a la Patagonia cuyos resultados fueron de vital importancia para los experimentos del doctor Herbert West, conocido como “el reanimador”. Pero esto ocurrió mucho antes que West comenzara sus estudios de medicina en Arkham. Los eventos que voy a relatar sucedieron en la noche del seis de julio de 1888, consecuencia de la trágica Expedición a la Patagonia de la Universidad de Miskatonic.

Sobre esta última, les citaré un extracto del diario personal de Zavar Izgatott, en el que cuenta de forma breve el viaje hasta la zona del desastre:

Nomás llegar a Buenos Aires, el 6 de abril de 1888, nos dimos cuenta lo anticuados que estaban nuestros datos y mapas de la región. Con alegría nos enteramos que el tren ya llegaba hasta Bahía Blanca, de forma que nuestro viaje se acortaría sobremanera. En esa región se encontraba la Fortaleza Protectora Argentina. Pudimos enterarnos en el camino que la incipiente ciudad, con unas seiscientas casas, tenía una población de lo más cosmopolita. También nos contó un francés que viajaba con nosotros, que Bahía Blanca no sólo era el fin del ferrocarril, sino también el final de la civilización.

Nuestro mapa de la región, copiado por Forsker de un libro galés de la Universidad, databa de 1862, y al parecer habían ocurrido muchos cambios y eventos históricos en la región. El gobierno local había conquistado toda la Patagonia y se había deshecho de los indígenas, dejando el camino casi desierto hasta nuestro destino. Pero esa región estaba abandonada a la buena de Dios.

En el hospedaje entramos en conversación con un comerciante inglés de lo más dispuesto. Su nombre era Charles McCarthy. Luego de casi una noche entera que pasamos en vela conversando con él, lo contratamos como guía, ya que había participado en la Campaña del Desierto, como llamaban allí la guerra entre argentinos e indígenas.

Nos llevó primero hasta una isla en medio del río Negro llamada Choele Choel. Nombre curioso, que en la lengua de los locales, los mapuches, significa espantajo de resaca, que hacía mención a las formas fantasmales que adoptan los residuos que dejan las crecidas del río. ¡Allí estuvo también Charles Darwin, en su viaje de 1833!

Nos reaprovisionamos en un pequeño pueblito de la isla, y seguimos el curso de los ríos, que era el camino más seguro, según McCarthy.

Nuestra idea, como lo había planeado Forsker, era llegar hasta la zona del lago conocido como Nahuel Huapí. El primer lugar a explorar, según los estudios de Forsker, era una isla de ese lago donde creía que había existido un punto telúrico durante los tiempos de los primigenios. Seguramente allí habría algún resto arquitectónico de esa antigua raza.

Pero desde la llegada al lago ya no pudimos confiar en McCarthy. Descubrimos pequeños engaños que nos hacía, y cuando entramos en contacto con indígenas de la zona a orillas del lago, ya no sabíamos si realizaba una buena traducción, o si estaba planeando algo. Fue una noche, luego del primer encuentro con los locales, los pehuenches, en que McCarthy nos mostró algo que un chamán de la zona le había dado. Según dijo lo había conseguido en la isla a la cual nos dirigíamos. No le creímos.

No existe más información de primera mano sobre la Expedición a la Patagonia de la Universidad de Miskatonic. Lo poco que se puede saber sobre esa aventura científica, lo sabemos por los escritos de Forsker, y por los documentos que él guardó en su colección personal. Nada de esto se ha publicado. El extracto que acabamos de leer es una hoja arrancada que está adosada a un manuscrito del mismo Forsker titulado “Evidencias de la Patagonia – Ciudad de los Césares”.

El manuscrito es muy desprolijo, seguramente notas que luego arreglaría. Pero lo que se rescata es que Forsker suponía que los primigenios habían dejado una especie de altares en diversas partes del mundo, que según él , se superponían con puntos telúricos. Como él creía que los puntos telúricos no permanecen en un sitio fijo más que algunos siglos, era muy complicado descubrir donde estaban esos altares. Justamente la meta de su vida era investigar, en cuanto documento caía en sus manos, la posible existencia de ruinas antiquísimas en cualquier parte del mundo.

La primera prueba posible le llegó de la mano de un compatriota mío, Domingo Faustino Sarmiento. Este argentino viajó por Estados Unidos en el año 1847. Según cuenta la historia, fue a estudiar el sistema educativo estadounidense. Mientras recorría Massachusetts, visitó la Universidad Miskatonic. (Puede ser, esta, una explicación de cómo llegó una copia del Necronomicón a Buenos Aires).

Al parecer Sarmiento no sólo se llevó algunos libros de allí, sino que dejó otros como donación. Se trata de una colección de crónicas de los padres jesuitas que realizaron diversos intentos de crear misiones entre los indígenas pehuenches de la zona del lago Nahuel Huapí, en Patagonia.

Por estas crónicas Forsker se enteró de la Ciudad errante de los Césares. Una ciudad legendaria que fue buscada durante siglos por todo tipo de exploradores, y que al parecer nunca estaba donde se suponía. Lo que llevó a Forsker a suponer que se trataba de unas ruinas de los primigenios relacionada con un punto telúrico. Pasó años investigando y elucubrando teorías, hasta que consiguió pruebas casi fidedignas de que podía encontrar esas construcciones.

Convenció al decano de la Universidad para financiar una expedición a la Patagonia, algo que no le costó mucho, ya que recientemente una familia de Insmouth había donado mucho dinero para investigaciones. Forsker planeó detalladamente el viaje junto con Zavar Izgatott.

Cabe aclarar quién era Izgatott, porque su nombre ha desaparecido de la historia. Este investigador había llegado desde Hungría con su padre a la edad de seis años. Al ser su padre experto en manuscritos antiguos, el joven Izgatott se crió en la universidad, y terminó siendo arqueólogo y catedrático de historia antigua de Miskatonic.

Junto con Forsker planeó a la perfección todo, con viajes contratados y equipos alquilados. Pero Forsker cayó enfermo. La expedición no se podía retrasar, porque no era posible quebrar los compromisos, se perdería mucho dinero. Así que el decano decidió enviar al bibliotecario Howard Armitage como organizador, si bien la expedición estaría a cargo de Izgatott.

Forsker protestó, pero nada pudo hacer más que pedir que Armitage tomase nota de todo. A esos dos expertos los acompañaron seis estudiantes de folklore y geología.

Los detalles del inicio de la expedición ya los vimos en palabras de Izgattot, pero lo que resta sólo podemos rearmarlo a partir del manuscrito de Forsker.

Podemos conjeturar que algo salió mal, muy mal, allá en las costas del lago patagónico. Lo que el inglés les mostró, era algo que había conseguido en la isla a la que se suponía debían ir. Algo que los mismos indígenas habían descubierto poco tiempo atrás. Pero al parecer no quisieron compartirlo con los extranjeros, ni querían dejarlos ir a la isla.

Ese mismo día llegó a la zona una patrulla del ejército argentino. “Mataron a todos”, se limita a escribir Forsker. Asumimos que se refiere a los indígenas, ya que de eso se trataba la mentada Campaña del Desierto, una masacre sistemática de los indígenas de nuestro sur.

Después de todo ese amasijo de datos desordenados, Forsker cambia por completo el estilo, y cuenta los eventos de la noche del seis de julio de 1888 con extremo detalle, tanto que me limitaré a reproducir sus palabras:

Continúa en Lovecraft contra los zombies, segunda parte

(Recopilado en Conspiración Zombie por Martín Cagliani)

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1888

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