lunes, 2 de noviembre de 2009

La Segunda parte de Verne y Qatermain contra los Zombies

Continuación de Julio Verne y Allan Qatermain contra los zombies

1888 - Conspiración Zombie

 

—Quieto o tus sesos decorarán la pared —le dije en inglés, sin esperar que entendiese mucho.

La luz de la luna se colaba por la ventana, y me dejó ver al intruso. Una cicatriz le cruzaba el rostro desde la frente hasta la barbilla, anulándole el ojo izquierdo en el camino, que brillaba blanco y muerto. El otro ojo estaba fijo sobre mí. Dijo algo que asumí que era en español, así que desperté a Verne.

—Es nuestro guía —me dijo—. Lo reconozco por la cicatriz. Mi informante Vazquez, me lo describió bien.

Bajé mi arma, y los escuché hablar, comprendiendo a medias. Algunas palabras del español eran parecidas al francés, pero cuando uno creía estar comprendiendo algo, se daba cuenta que no había entendido nada.

—Se llama Lampu, y es mitad mapuche mitad tehuelche —me explicó Verne a la mañana siguiente, mientras desayunábamos—. Los soldados argentinos le dicen Huedhued, que significa loco en mapuche. Vazquez me lo describió en cartas como un hombre callado, taciturno pero que sabía muchísimo de las dos culturas a las que pertenece. Es él quien estuvo en la isla a la que debemos ir. Según parece estuvo con la expedición final que echó a todos los mapuches que vivían en las cercanías del lago Nahuel Huapi. Ahora apenas si viven dos familias de indígenas colaboracionistas, allí. Dice que en esa última expedición unos soldados quisieron ir a la isla, ya que tiene una colina alta, donde querían izar la bandera argentina. Los indios la llamaban Pu fücha huapi, que significa isla de los viejos. Pero estos soldados la apodaron isla General Villegas, en honor al comandante de la campaña contra los indios.

Verne detuvo su relato para liquidar su te. No pude dejar de notar la forma en que subía y bajaba su bigote cuando saboreaba el líquido. El hombre parecía estar viviendo su vida por primera vez, por la pación con que me relataba lo que le había contado ese mapuche. Pero los tuertos siempre me dieron desconfianza. Una leyenda africana dice que pueden estar en los dos mundos a la vez, con el ojo vivo están en el mundo real, y con el otro miran al mundo de los muertos.

—El tema es que Lampu los acompañó a estos soldados, que armaron un bote y fueron a hacer patria en la isla —retomó Verne—. Y mientras ellos se divertían izando la bandera, él descubrió la cueva que lleva a la ciudad inmortal o como él la llama a la morada de los antiguos.

—Que vendría a ser la que nosotros buscamos, ¿no?

—Sí, sí. Esta ciudad es la que ha generado tantas leyendas en esta zona. En los mitos la suelen llamar la Ciudad encantada de los Césares o a veces Elelín. Pero yo creo que tiene más que ver con las leyendas sobre los Primigenios.

—¿Primigenios?

—Un sabio noruego, Galning Forsker, investigó mucho sobre estos Primigenios, que él cree fueron una raza de seres anteriores a la humanidad. Vivieron en nuestro mundo hace muchos miles de años, pero algo se los llevo, los persiguió hasta que los mató a todos. Sólo quedan sus ruinas desperdigadas por el mundo, supuestamente, pero nadie pudo encontrar ni una sola de ellas. Forsker aventura algunas posibles locaciones en su libro, y la Patagonia es una de ellas.

—Permita que lo interrumpa, Verne. Le pregunté por los Primigenios, porque me sonaba ese nombre. Se lo escuché a Madame Blavatky.

—¿Blavatsky? ¿La fundadora de la Sociedad Teosófica? —dijo Verne, y su rostro evidenció que no le gustaba mucho.

—La misma. Me vino a ver cuando estuve en Londres. Me llenó a preguntas sobre las Minas del Rey Salomón, y me contó muchas historias, algunas las creí, otras no tanto.

—No hay que creerle nada. Se lo ha inventado todo, con ese libro Isis sin velo, ha llevado el estudio de los antiguos a la caricatura.

—Pero mencionó a los Primigenios…

—¿En qué contexto? —preguntó Verne, ya con tono de exasperado.

—Me contó que estaba preparando un libro, que se basaba ampliamente en el Libro de Dzyan. Un antiguo manuscrito, del que sólo hay un ejemplar en el Tíbet. Según ella sólo existió una religión auténtica, que sería la raíz de todas las religiones actuales, y de todos los mitos. Sería el origen de todo el saber humano, y se debería a una civilización anterior a la humanidad. Ella se refirió a estos antiguos como los Primigenios. Ese Libro de Dzyan, sería lo único que quedó de ellos. Escrito en una colección de hojas de palma, resistente al agua, el fuego y el aire.

—Puro sinsentido, esa mujer es una mentirosa patológica, si hasta dice comunicarse con gente a la distancia por medio del pensamiento. Absurdo.

No insistí. Minutos más tarde vi por la ventana a nuestro guía, parado en medio de la calle de tierra. Fui a buscar a Jikile, mientras Verne conversaba con Lampu. Se nos unieron poco más tarde.

Jikile no paraba de quejarse de la falsedad de Verne al haberlo hecho dormir en el establo, y luego defender la igualdad de los pueblos. Pero yo le aclaré que había dormido allí por decisión mía. Siguió protestando igual contra Verne, cambiando las razones cada tanto, no se calló ni siquiera cuando Verne llegó, ya que me hablaba en zulú.

Pasadas las nueve de la mañana comenzamos la segunda parte de nuestro viaje. Teníamos unos ochocientos kilómetros por delante, que nos llevarían unos diez días, según Lampu.

Nos aclaró bien de entrada que no podríamos trotar, ni hacer correr a los caballos por ningún motivo. Dijo que si había que adelantarse lo haría él, pero que nosotros ni siquiera lo intentásemos. Ante mis dudas sobre este tema, me aclaró que era peligroso, porque estaba repleto de pozos el camino, madrigueras, que los caballos no sabían ver. Así es que podía terminar el caballo quebrado, y uno perdiendo la cabeza contra el suelo, si se iba a mucha velocidad.

No lo puse en duda, ya que estaba en terreno desconocido. Casi que me sentía de más, porque lo único que estaba haciendo era organizar la expedición en detalles sin mucha importancia que podría haber hecho cualquiera. Me di cuenta que no sabía nada sobre la Patagonia, y que era tan diferente a mi África, que casi se podría hablar de dos mundos aparte.

No los voy a aburrir con detalles sobre el viaje bordeando el río Negro, ya que no pasó nada digno de mención, más que al atardecer del sexto día en que vimos una manada de guanacos, una especie de venados americanos. Verne me pidió que hiciera puntería con ellos, y maté a tres antes de que los demás se hubiesen dado cuenta.

Eso me hizo ganarme el enojo de Lampu, que no estaba de acuerdo en matar por matar, así que fue y les quitó el cuero. Debimos comernos uno esa noche ante las reprimendas del indígena. Era carne dura, pero se comía bien. Al menos era algo fresco.

Al atardecer del noveno día llegamos a un paramo que parecía mágico. Ya se veían las altas montañas de los Andes al fondo, y Lampu nos había identificado el más alto pico como el volcán Lanín.

Era un espectáculo realmente bello, el triángulo blanco del volcán nevado a veces parecía flotar en el horizonte, sin que nada lo uniese a la tierra. Pero ese páramo al que llegamos era como una avanzada de las montañas, con montes bajos, pero con formas tan variadas que parecían altares tallados en la roca.

Lampu lo llamó el valle encantado, en su lengua, que no retuve cómo se decía. Pasamos la noche allí, y a la mañana siguiente llegamos a la orilla del lago. Era increíble ver cómo ese inmenso espejo azul parecía desagotarse por el río Limay. Una fuerte corriente de agua entraba desde el lago al río, algo muy extraño de ver.

—Algún día se va a quedar seco —me dijo Jikile.

Verne no decía más que dos o tres palabras por día desde el evento de los guanacos, que lo había entusiasmado, pero al día siguiente volvió a encerrarse sobre sí mismo.

Escuché a Verne preguntar algo en relación a la isla, palabra que ya había aprendido en español. Lampu habló un largo rato.

—¿Qué dijo? —pregunté.

Verne me respondió sin dejar de mirar a lo lejos, a las aguas del lago.

—A unas horas de aquí deberíamos encontrarnos con una familia pehuenche, los únicos que viven por aquí. Al parecer el fuerte Chacabuco, que estaba por aquí cerca, está abandonado ahora. Así que iremos a quedarnos con esa familia que habitan en una pradera frente a la isla.

—Tendremos que fabricar una balsa o un bote.

—Vengo preparado para ello —me dijo, y azotó su caballo para seguir a Lampu, que había retomado la marcha.

Comimos rico esa noche gracias a la hospitalidad de los indios. Ante mi curiosidad, nos contaron que todo estaba hecho a base o con algo del pehuén, un árbol que crece por la zona y es sagrado para ellos. Usan sus piñones para todo tipo de alimentos, incluso para algunos remedios.

Por la mañana entre todos cortamos unos troncos y armamos una balsa. La hicimos con doble fondo de troncos ante el consejo de Lampu, ya que el agua del lago era tan fría que según él si caíamos de la balsa podría pararnos el corazón. Ellos, sin embargo, se bañaban en sus aguas sin problema, pero Lampu había visto ahogarse a más de un huinca, como le dicen ellos a los blancos.

Después del almuerzo probamos la balsa por allí cerca, y funcionó de maravilla. Verne ya quería ir a la isla, pero lo convencí de esperar al día siguiente. Era mejor salir bien temprano, junto con el sol, así dispondríamos de todo el día para explorar la isla. El sol se ocultaba temprano detrás de las montañas allí, otorgando pocas horas de sol a la jornada.

A la mañana siguiente, me desperté con el ojo sano de Lampu observándome. Le pregunté qué sucedía en español, pero sin responderme dio media vuelta y fue hasta un fogón donde estaba preparando café. Verne tardó en despertarse, pero luego estaba tan entusiasmado por partir que ya resultaba molesto.

Cargamos las armas, comida, sogas, lámparas y una tienda en la balsa por las dudas que tuviésemos que pernoctar en la isla.

El viaje sobre las aguas heladas del lago fue un poco accidentado, se había levantado un fuerte viento que levantaba olas grandes que nos dejaron bastante mojados y muertos de frío. Por suerte el sol se mantuvo desvelado durante todo el día, así que entramos en calor a poco de llegar a la isla.

No era muy grande, y la colina donde se supone que estaba la cueva estaba cerca. Lampu nos guió entre los árboles y pequeñas praderas, y allí llegamos.

Soy un ávido lector cuando estoy en Inglaterra, y el último libro que leí fue Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, si alguno de ustedes lo ha leído les pido que recuerden la entrada por la que Alicia se introduce. Así igual era la que nos señalaba Lampu.

—Este indio estaba borracho cuando estuvo acá —me dijo Verne en francés.

Escuché que le preguntaba algo a Lampu, pero no comprendí. Realmente debería haber estado bebido, ya que ese hueco en las rocas, era tan pequeño que a cualquiera de nosotros nos iba a costar mucho entra por allí. Deberíamos hacerlo gateando, y ni Verne ni yo estábamos para esos trotes.

Verne discutió acaloradamente hasta que terminó señalando la entrada. Lampu no esperó mucho y se metió por el hueco hasta desaparecer. Pasaron unos minutos hasta que volvió a salir de cabeza. O sea que en algún lugar había podido dar la vuelta. Eso nos convenció de que adentro sería más espaciosa la cueva. Le dimos una oportunidad.

Primero entró Lampu, y detrás fue Jikile, protestando por supuesto. Verne abusó de su estatus de jefe de la expedición y me hizo entrar a mí en tercero.

No necesitan que les diga que para un hombre que ha pasado toda su vida al aire libre, en regiones en las que el horizonte se ve hacia cualquier lado que uno voltee, tener que gatear seis metros con la roca casi rozando todo su cuerpo fue una de las experiencias más aterradoras que me ha tocado vivir, al menos hasta ese momento.

Recorrida esa distancia salimos a una oquedad que tenía poco más de dos metros de altura. Era circular, con unos tres metros de diámetro. Una vez llegó Verne con nosotros, Lampu nos llevó por otro hueco que por suerte era más grande, tendría un metro setenta de altura, ya que yo apenas tuve que reclinar un poco la cabeza para no llevarme ningún saliente por delante.

Lampu y Jikile llevaban cada uno una lámpara a queroseno, con abundante combustible de repuesto cargado a espaldas de mi sirviente.

El túnel que seguíamos iba en bajada, con partes un tanto empinadas y sin escalones. Mi pierna sufrió bastante ese trayecto, y también a Verne.

Luego de unos quince minutos de caminata llegamos a un pequeño recinto que daba a otras tres cuevas. Pero ese lugar ya no era una simple cueva, estaba decorado. Estaba plagado de dibujos tallados en la roca con una calidad artística que nunca había visto. Los dibujos eran de calidad, sí, pero horripilantes. Ni sabría decir si lo que veíamos en las tallas eran criaturas, o qué.

Lampu nos apresuró para que entrásemos en la puerta de más a la izquierda. Verne quiso saber qué había en las otras, a lo que Lampu respondió que sólo había trampas.

Esa cueva por la que entramos era perfectamente liza, con algunas tallas cada tanto que parecían algún tipo de escritura o código. Cada tanto había algunos escalones hacia abajo, pero no servían de mucho, ya que eran de un tamaño desproporcionado para nosotros. Tan altos, que era más incómodo que bajar por la pendiente.

Luego de unos doscientos metros con bastantes curva, llegamos hasta una parte repleta de escombros. Con Verne los analizamos un buen rato a la luz tenue, y concluimos que eran parte de una puerta que cubría la cueva por la que íbamos.

Continúa en La Tercera parte de Julio Verne y Allan Qatermain y los Zombies

1888 - Conspiración Zombie

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1888

Para saber de qué trata la peligrosa Conspiración Zombie, entra a ver todos los cuentos del proyecto más maligno y ambicioso de la historia. Índice de la Conspiración Zombie.