lunes, 2 de noviembre de 2009

La Segunda parte de Verne y Qatermain contra los Zombies

Continuación de Julio Verne y Allan Qatermain contra los zombies

1888 - Conspiración Zombie

 

—Quieto o tus sesos decorarán la pared —le dije en inglés, sin esperar que entendiese mucho.

La luz de la luna se colaba por la ventana, y me dejó ver al intruso. Una cicatriz le cruzaba el rostro desde la frente hasta la barbilla, anulándole el ojo izquierdo en el camino, que brillaba blanco y muerto. El otro ojo estaba fijo sobre mí. Dijo algo que asumí que era en español, así que desperté a Verne.

—Es nuestro guía —me dijo—. Lo reconozco por la cicatriz. Mi informante Vazquez, me lo describió bien.

Bajé mi arma, y los escuché hablar, comprendiendo a medias. Algunas palabras del español eran parecidas al francés, pero cuando uno creía estar comprendiendo algo, se daba cuenta que no había entendido nada.

—Se llama Lampu, y es mitad mapuche mitad tehuelche —me explicó Verne a la mañana siguiente, mientras desayunábamos—. Los soldados argentinos le dicen Huedhued, que significa loco en mapuche. Vazquez me lo describió en cartas como un hombre callado, taciturno pero que sabía muchísimo de las dos culturas a las que pertenece. Es él quien estuvo en la isla a la que debemos ir. Según parece estuvo con la expedición final que echó a todos los mapuches que vivían en las cercanías del lago Nahuel Huapi. Ahora apenas si viven dos familias de indígenas colaboracionistas, allí. Dice que en esa última expedición unos soldados quisieron ir a la isla, ya que tiene una colina alta, donde querían izar la bandera argentina. Los indios la llamaban Pu fücha huapi, que significa isla de los viejos. Pero estos soldados la apodaron isla General Villegas, en honor al comandante de la campaña contra los indios.

Verne detuvo su relato para liquidar su te. No pude dejar de notar la forma en que subía y bajaba su bigote cuando saboreaba el líquido. El hombre parecía estar viviendo su vida por primera vez, por la pación con que me relataba lo que le había contado ese mapuche. Pero los tuertos siempre me dieron desconfianza. Una leyenda africana dice que pueden estar en los dos mundos a la vez, con el ojo vivo están en el mundo real, y con el otro miran al mundo de los muertos.

—El tema es que Lampu los acompañó a estos soldados, que armaron un bote y fueron a hacer patria en la isla —retomó Verne—. Y mientras ellos se divertían izando la bandera, él descubrió la cueva que lleva a la ciudad inmortal o como él la llama a la morada de los antiguos.

—Que vendría a ser la que nosotros buscamos, ¿no?

—Sí, sí. Esta ciudad es la que ha generado tantas leyendas en esta zona. En los mitos la suelen llamar la Ciudad encantada de los Césares o a veces Elelín. Pero yo creo que tiene más que ver con las leyendas sobre los Primigenios.

—¿Primigenios?

—Un sabio noruego, Galning Forsker, investigó mucho sobre estos Primigenios, que él cree fueron una raza de seres anteriores a la humanidad. Vivieron en nuestro mundo hace muchos miles de años, pero algo se los llevo, los persiguió hasta que los mató a todos. Sólo quedan sus ruinas desperdigadas por el mundo, supuestamente, pero nadie pudo encontrar ni una sola de ellas. Forsker aventura algunas posibles locaciones en su libro, y la Patagonia es una de ellas.

—Permita que lo interrumpa, Verne. Le pregunté por los Primigenios, porque me sonaba ese nombre. Se lo escuché a Madame Blavatky.

—¿Blavatsky? ¿La fundadora de la Sociedad Teosófica? —dijo Verne, y su rostro evidenció que no le gustaba mucho.

—La misma. Me vino a ver cuando estuve en Londres. Me llenó a preguntas sobre las Minas del Rey Salomón, y me contó muchas historias, algunas las creí, otras no tanto.

—No hay que creerle nada. Se lo ha inventado todo, con ese libro Isis sin velo, ha llevado el estudio de los antiguos a la caricatura.

—Pero mencionó a los Primigenios…

—¿En qué contexto? —preguntó Verne, ya con tono de exasperado.

—Me contó que estaba preparando un libro, que se basaba ampliamente en el Libro de Dzyan. Un antiguo manuscrito, del que sólo hay un ejemplar en el Tíbet. Según ella sólo existió una religión auténtica, que sería la raíz de todas las religiones actuales, y de todos los mitos. Sería el origen de todo el saber humano, y se debería a una civilización anterior a la humanidad. Ella se refirió a estos antiguos como los Primigenios. Ese Libro de Dzyan, sería lo único que quedó de ellos. Escrito en una colección de hojas de palma, resistente al agua, el fuego y el aire.

—Puro sinsentido, esa mujer es una mentirosa patológica, si hasta dice comunicarse con gente a la distancia por medio del pensamiento. Absurdo.

No insistí. Minutos más tarde vi por la ventana a nuestro guía, parado en medio de la calle de tierra. Fui a buscar a Jikile, mientras Verne conversaba con Lampu. Se nos unieron poco más tarde.

Jikile no paraba de quejarse de la falsedad de Verne al haberlo hecho dormir en el establo, y luego defender la igualdad de los pueblos. Pero yo le aclaré que había dormido allí por decisión mía. Siguió protestando igual contra Verne, cambiando las razones cada tanto, no se calló ni siquiera cuando Verne llegó, ya que me hablaba en zulú.

Pasadas las nueve de la mañana comenzamos la segunda parte de nuestro viaje. Teníamos unos ochocientos kilómetros por delante, que nos llevarían unos diez días, según Lampu.

Nos aclaró bien de entrada que no podríamos trotar, ni hacer correr a los caballos por ningún motivo. Dijo que si había que adelantarse lo haría él, pero que nosotros ni siquiera lo intentásemos. Ante mis dudas sobre este tema, me aclaró que era peligroso, porque estaba repleto de pozos el camino, madrigueras, que los caballos no sabían ver. Así es que podía terminar el caballo quebrado, y uno perdiendo la cabeza contra el suelo, si se iba a mucha velocidad.

No lo puse en duda, ya que estaba en terreno desconocido. Casi que me sentía de más, porque lo único que estaba haciendo era organizar la expedición en detalles sin mucha importancia que podría haber hecho cualquiera. Me di cuenta que no sabía nada sobre la Patagonia, y que era tan diferente a mi África, que casi se podría hablar de dos mundos aparte.

No los voy a aburrir con detalles sobre el viaje bordeando el río Negro, ya que no pasó nada digno de mención, más que al atardecer del sexto día en que vimos una manada de guanacos, una especie de venados americanos. Verne me pidió que hiciera puntería con ellos, y maté a tres antes de que los demás se hubiesen dado cuenta.

Eso me hizo ganarme el enojo de Lampu, que no estaba de acuerdo en matar por matar, así que fue y les quitó el cuero. Debimos comernos uno esa noche ante las reprimendas del indígena. Era carne dura, pero se comía bien. Al menos era algo fresco.

Al atardecer del noveno día llegamos a un paramo que parecía mágico. Ya se veían las altas montañas de los Andes al fondo, y Lampu nos había identificado el más alto pico como el volcán Lanín.

Era un espectáculo realmente bello, el triángulo blanco del volcán nevado a veces parecía flotar en el horizonte, sin que nada lo uniese a la tierra. Pero ese páramo al que llegamos era como una avanzada de las montañas, con montes bajos, pero con formas tan variadas que parecían altares tallados en la roca.

Lampu lo llamó el valle encantado, en su lengua, que no retuve cómo se decía. Pasamos la noche allí, y a la mañana siguiente llegamos a la orilla del lago. Era increíble ver cómo ese inmenso espejo azul parecía desagotarse por el río Limay. Una fuerte corriente de agua entraba desde el lago al río, algo muy extraño de ver.

—Algún día se va a quedar seco —me dijo Jikile.

Verne no decía más que dos o tres palabras por día desde el evento de los guanacos, que lo había entusiasmado, pero al día siguiente volvió a encerrarse sobre sí mismo.

Escuché a Verne preguntar algo en relación a la isla, palabra que ya había aprendido en español. Lampu habló un largo rato.

—¿Qué dijo? —pregunté.

Verne me respondió sin dejar de mirar a lo lejos, a las aguas del lago.

—A unas horas de aquí deberíamos encontrarnos con una familia pehuenche, los únicos que viven por aquí. Al parecer el fuerte Chacabuco, que estaba por aquí cerca, está abandonado ahora. Así que iremos a quedarnos con esa familia que habitan en una pradera frente a la isla.

—Tendremos que fabricar una balsa o un bote.

—Vengo preparado para ello —me dijo, y azotó su caballo para seguir a Lampu, que había retomado la marcha.

Comimos rico esa noche gracias a la hospitalidad de los indios. Ante mi curiosidad, nos contaron que todo estaba hecho a base o con algo del pehuén, un árbol que crece por la zona y es sagrado para ellos. Usan sus piñones para todo tipo de alimentos, incluso para algunos remedios.

Por la mañana entre todos cortamos unos troncos y armamos una balsa. La hicimos con doble fondo de troncos ante el consejo de Lampu, ya que el agua del lago era tan fría que según él si caíamos de la balsa podría pararnos el corazón. Ellos, sin embargo, se bañaban en sus aguas sin problema, pero Lampu había visto ahogarse a más de un huinca, como le dicen ellos a los blancos.

Después del almuerzo probamos la balsa por allí cerca, y funcionó de maravilla. Verne ya quería ir a la isla, pero lo convencí de esperar al día siguiente. Era mejor salir bien temprano, junto con el sol, así dispondríamos de todo el día para explorar la isla. El sol se ocultaba temprano detrás de las montañas allí, otorgando pocas horas de sol a la jornada.

A la mañana siguiente, me desperté con el ojo sano de Lampu observándome. Le pregunté qué sucedía en español, pero sin responderme dio media vuelta y fue hasta un fogón donde estaba preparando café. Verne tardó en despertarse, pero luego estaba tan entusiasmado por partir que ya resultaba molesto.

Cargamos las armas, comida, sogas, lámparas y una tienda en la balsa por las dudas que tuviésemos que pernoctar en la isla.

El viaje sobre las aguas heladas del lago fue un poco accidentado, se había levantado un fuerte viento que levantaba olas grandes que nos dejaron bastante mojados y muertos de frío. Por suerte el sol se mantuvo desvelado durante todo el día, así que entramos en calor a poco de llegar a la isla.

No era muy grande, y la colina donde se supone que estaba la cueva estaba cerca. Lampu nos guió entre los árboles y pequeñas praderas, y allí llegamos.

Soy un ávido lector cuando estoy en Inglaterra, y el último libro que leí fue Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, si alguno de ustedes lo ha leído les pido que recuerden la entrada por la que Alicia se introduce. Así igual era la que nos señalaba Lampu.

—Este indio estaba borracho cuando estuvo acá —me dijo Verne en francés.

Escuché que le preguntaba algo a Lampu, pero no comprendí. Realmente debería haber estado bebido, ya que ese hueco en las rocas, era tan pequeño que a cualquiera de nosotros nos iba a costar mucho entra por allí. Deberíamos hacerlo gateando, y ni Verne ni yo estábamos para esos trotes.

Verne discutió acaloradamente hasta que terminó señalando la entrada. Lampu no esperó mucho y se metió por el hueco hasta desaparecer. Pasaron unos minutos hasta que volvió a salir de cabeza. O sea que en algún lugar había podido dar la vuelta. Eso nos convenció de que adentro sería más espaciosa la cueva. Le dimos una oportunidad.

Primero entró Lampu, y detrás fue Jikile, protestando por supuesto. Verne abusó de su estatus de jefe de la expedición y me hizo entrar a mí en tercero.

No necesitan que les diga que para un hombre que ha pasado toda su vida al aire libre, en regiones en las que el horizonte se ve hacia cualquier lado que uno voltee, tener que gatear seis metros con la roca casi rozando todo su cuerpo fue una de las experiencias más aterradoras que me ha tocado vivir, al menos hasta ese momento.

Recorrida esa distancia salimos a una oquedad que tenía poco más de dos metros de altura. Era circular, con unos tres metros de diámetro. Una vez llegó Verne con nosotros, Lampu nos llevó por otro hueco que por suerte era más grande, tendría un metro setenta de altura, ya que yo apenas tuve que reclinar un poco la cabeza para no llevarme ningún saliente por delante.

Lampu y Jikile llevaban cada uno una lámpara a queroseno, con abundante combustible de repuesto cargado a espaldas de mi sirviente.

El túnel que seguíamos iba en bajada, con partes un tanto empinadas y sin escalones. Mi pierna sufrió bastante ese trayecto, y también a Verne.

Luego de unos quince minutos de caminata llegamos a un pequeño recinto que daba a otras tres cuevas. Pero ese lugar ya no era una simple cueva, estaba decorado. Estaba plagado de dibujos tallados en la roca con una calidad artística que nunca había visto. Los dibujos eran de calidad, sí, pero horripilantes. Ni sabría decir si lo que veíamos en las tallas eran criaturas, o qué.

Lampu nos apresuró para que entrásemos en la puerta de más a la izquierda. Verne quiso saber qué había en las otras, a lo que Lampu respondió que sólo había trampas.

Esa cueva por la que entramos era perfectamente liza, con algunas tallas cada tanto que parecían algún tipo de escritura o código. Cada tanto había algunos escalones hacia abajo, pero no servían de mucho, ya que eran de un tamaño desproporcionado para nosotros. Tan altos, que era más incómodo que bajar por la pendiente.

Luego de unos doscientos metros con bastantes curva, llegamos hasta una parte repleta de escombros. Con Verne los analizamos un buen rato a la luz tenue, y concluimos que eran parte de una puerta que cubría la cueva por la que íbamos.

Continúa en La Tercera parte de Julio Verne y Allan Qatermain y los Zombies

1888 - Conspiración Zombie

Julio Verne y Allan Quatermain contra los Zombies

Autor Martín Cagliani

Ilustraciones Pedro Belushi

(Utilizando personajes ficticios de la obra de H. Rider Haggard)

©Todos los derechos reservados.

Relato escrito por Allan Quatermain que nunca fue publicado a pedido de Julio Verne. Se sabe que fue escrito en marzo de 1888 y que la expedición partió el seis de enero de ese año. Quatermain es un cuenta cuentos profesional, que si bien suele relatar sus propias aventuras, nunca se sabe cuanto hay de cierto, y cuanto es ficción, pero en vista a otros archivos de la Conspiración de 1888, no parece ser que se haya permitido muchas libertades literarias en la narración de esta desgarradora aventura.

zombies, por Pedro Belushi

Como en todos mis relatos me disculpo por lo burdo de mi modo de escribir. La única excusa que puedo presentar es que estoy más acostumbrado a manejar un rifle que una pluma, y que no puedo aspirar a los altos vuelos y adornos literarios que observo en las novelas. Dice un refrán kukuana que "una lanza afilada no necesita brillo", y basándome en el mismo argumento, me atrevo a esperar que una historia verídica, por muy extraña que sea, no necesite el adorno de las bellas palabras.

Fue curiosa la forma en que Julio Verne y yo nos conocimos. El encuentro ocurrió dos meses antes de que partiésemos hacia la Patagonia. Estaba yo en París dando una conferencia en la Société française d'exploration sobre mi expedición a las Minas del Rey Salomón sin saber que el gran escritor Julio Verne estaba entre mis oyentes.

Había terminado la exposición, y me logré librarme de los curiosos que me llenaban a preguntas. Caminaba cojeando más que de costumbre, ya que cuando me pongo nervioso la herida me duele más que nunca. Pero cuando levanté la vista, venía hacia mí un hombre que también cojeaba, estaría cercano a los sesenta años, como yo, y llevaba una barba prolijamente cortada, no como la mía que llevo descuidada.

Lo vi con intenciones de hacerme preguntas, pero yo no podía más de dolor, así que sólo quería sentarme, y le dije en un mal francés, mientras señalaba mi pierna:

—Cuando se han matado sesenta y cinco leones en el transcurso de una vida, como es mi caso, es triste que el león número sesenta y seis te mastique la pierna como si se tratara de un trozo de tabaco.

Logré sacarle una sonrisa, pero no entendió la indirecta, siguió caminando a mi lado. Seguramente a la vista de otros pareceríamos veteranos de guerra, los dos arrastrando la pierna. Luego me enteré que su herida era de bala, y nada menos que producto del disparo de un sobrino un tanto loco.

Luego de las presentaciones de rigor, Verne cortó por lo sano como lanza zulú.

—Señor Quatermain, le voy a ser sincero. Conocía su expedición de antes, ya que mi editor… en paz descanse, me facilitó una copia de su libro, que están por salir a la venta en francés, así que no vine aquí a conocer su aventura, sino a invitarlo a participar en otra.

Me sorprendí, ya que en el estado que me encontraba ese día no pensé que nadie me viese como un posible aventurero, y para ser sinceros, Verne no parecía poder caminar más de veinte metros sin pedir una mula a gritos.

Me contó que había pasado muy malos momentos familiares, y que su carrera de escritor estaba en peligro por haber perdido recientemente a su editor de toda la vida, y también a su madre. Por eso quería partir a comprobar unos datos que le habían llegado sobre una ciudad fabulosa en la Patagonia. Quería comprobar en el terreno esa historia, para utilizarla en una novela que estaba tramando.

Pero no le alcanzaba con los relatos de capitanes y exploradores, como se había manejado hasta ahora, sino que esta vez necesitaba viajar en persona. Como lo había hecho siete años antes en su amado velero Saint Michel.

No le costó mucho convencerme, a pesar de que ya con dinero no se me podía comprar, por las innumerables riquezas que descubrí en las Minas del Rey Salomón. Pero lo que Verne quería buscar era la ciudad inmortal, la ciudad eterna, la ciudad errante de oro y plata de los Césares.

A pesar de que mi vida transcurrió en el continente negro de África, algo conocía sobre las leyendas de América. Sin duda que descubrir esa mítica ciudad que innumerables exploradores habían buscado por toda la Patagonia, me traería más fama todavía que las Minas del Rey Salomón.

Verne tenía datos fidedignos de que en un lago llamado Nahuel Huapi unos indios locales habían descubierto una entrada secreta que daba a unas ruinas. El informante era un ex chamán mapuche devenido en explorador del ejército argentino, y que había perdido a toda su familia en las guerras de conquista. Con él deberíamos encontrarnos en Carmen de Patagones, la ciudad en el confín civilizado de Argentina, la ciudad que abría las puertas a la enigmática Patagonia.

Partimos sólo Verne y yo, acompañados por mi fiel Jikile, el criado zulú que me venía acompañando desde hacía algunos años. Sin olvidarnos de los tres rifles Winchester, mi fusil para cazar elefantes y una colt 45 para cada uno. Jikile, insistió en llevar su lanza ceremonial.

El viaje desde Francia duró dos meses. Hicimos escala en Río de Janeiro y en Buenos Aires, para terminar el recorrido marino en Carmen de Patagones. Ciudad ubicada a orillas del río Negro, a unos veinte kilómetros de la desembocadura de este río en el océano Atlántico.

No puedo decir que haya disfrutado de ese viaje en velero, ya que fue una tortura. Verne casi no emitió palabra en los dos meses, y Jikile habló el equivalente a veinte personas. Siempre burlándose y mofándose de Verne, de los franceses, de mí, de los ingleses, de los brasileños, de los argentinos, de quien pudiese decir algo. Obviamente, siempre en su lengua zulú, como para que sólo yo debiese sufrir sus diatribas.

Con Verne nos costaba comunicarnos, ya que su inglés era casi ininteligible, y mi francés dejaba mucho que desear, pero si yo hablaba en inglés, el me entendía bien, y yo lo entendía cuando él lo hacía en su propia lengua. Así que para el día en que llegamos a las costas de la Patagonia, el Saint Michel era una Babel andante, cada uno hablando en un idioma diferente. Lindo espectáculo habremos dado cuando nos presentamos en el único hotel del pueblo que se hacía llamar ciudad.

Según me pude enterar, Carmen de Patagones había sido fundada más de cien años atrás, pero no parecía haber crecido mucho desde entonces. Es que hasta hacía apenas algunos años, había sido una avanzada de la civilización dentro de un territorio hostíl. Porque antes sólo se podía llegar a la ciudad por mar, ya que estaba separada por cientos de kilómetros de la población argentina más cercana. Pero en los últimos diez años, el gobierno argentino había conquistado toda esa vasta región, aniquilando a las poblaciones indígenas de la zona.

Verne no estaba muy informado sobre la geografía de la zona. Sus lecturas tenían veinte años de antigüedad, y tan sólo en el transcurso de los últimos cuatro años el mapa por completo había cambiado.

Él venía preparado para lidiar con los indígenas de la región, y ahora resultaba que no había ni uno. Según decían los soldados con los que pudimos conversar, o mejor dicho, con los que Verne conversaba en su oxidado español, nos contaron que para llegar al lago Nahuel Huapi, deberíamos seguir el curso del río Negro, que en algún momento se encontraría con el Limai, y este nos llevaría hasta el lago.

Antes estaba cubierto de indígenas hostiles, pero ahora ya no quedaba nadie, el camino estaba tachonado de fuertes militares. Incluso casi a orillas del lago había uno, que no se sabía bien si seguía activo y si ya había sido abandonado, ante la virtual desaparición de los indígenas de la región.

Tuvimos que esperar seis días a que el guía e informante de Verne volviese de un viaje que había hecho a un fuerte cercano. Alquilamos una pequeña habitación para Verne y para mí, y Jikile dormía en el establo con los caballos y mulas que ya habíamos comprado para la expedición.

Una noche, mientras yo intentaba conciliar el sueño frente a los ruidosos ronquidos de Verne, un hombre entró en la habitación. Me puse de pie de un salto, con mi colt 45 ya en mano apuntando a la cabeza.

Continúa en La Segunda parte de Verne y Qatermain contra los Zombies

1888 - Conspiración Zombie

lunes, 12 de octubre de 2009

La granizada de los Muertos

Autor Martín Cagliani - Ilustraciones Pedro Belushi

(Utilizando personajes ficticios de la obra de Arthur Conan Doyle)

©Todos los derechos reservados.

Relato perteneciente al arthivo de Dr. John Hamish Watson, fue fechado en 1888, sin exactitud, pero seguramente relata una conversación ocurrida poco después del brote zombie de Boscombe, Gran Bretaña.

Sherlock Holmes se entusiasmaba especialmente cuando le llegaba un paquete del extranjero. Solían llegarle de los lugares más distantes y extraños. A veces una pipa para su colección, otras un simple periódico de la localidad más disparatada. Por eso no me asombré que pasara gran parte de la mañana estudiando una pila de periódicos que, según me dijo, le había sido enviado desde la India.

image Me sobresaltó cuando por fin me dirigió la palabra, yo estaba inmerso en la relectura de La danza de la muerte, de Ambrose Bierce.

—Es sorprendente, querido Watson, cómo un simple hecho cotidiano puede volverse maravilloso y hasta fantástico cuando cae en manos de los periodistas —dijo mi amigo Holmes, sin dejar de mirar un grueso tomo del que pasaba hojas casi sin leerlas desde hacía más de quince minutos.

—¿A qué hecho se refiere, Holmes?

—Por ejemplo —Me miró fijo, y dibujó círculos con las manos—. Un hombre cruza un campo para saludar a su esposa, y jamás llega al otro lado. Su amigo Bierce lo convierte en un cuento sobrenatural. Un periodista, en una catástrofe. Pero ambos se inventan una historia para explicar un hecho cotidiano teñido de extrañeza.

—Lo sigo.

—Usted sabe, querido amigo, que me gusta que me envíen periódicos de los lugares más distantes, y por suerte tengo algunos conocidos en el puerto que me procuran material para mi extraño pasatiempo. Hoy me acaba de llegar una pila de periódicos de la India. De diversas ciudades, pero sin duda el más interesante es el de la ciudad de Bareilly, a orillas del rio Ramganga. Allí cuentan, querido Watson, que el día 30 de julio ha ocurrido una granizada tan potente que ha matado a dieciséis personas. Pero no se sobresalte, ya que eso no es lo sorprendente, sino que dicen que en la vecina ciudad de Moradabad, a unas treinta millas, el mismo granizo asesinó a doscientas treinta personas.

—Eso más que sorprendente, parece casi increíble. ¿Usted presume invención de parte del periodista?

—Me huele a algo oculto, Watson. Pero no por simple intuición, ya que dentro de la pila de periódicos he encontrado otro de una ciudad más distante, que se refiere al mismo hecho, sólo que esta vez por boca de un supuesto testigo que pasó por Moradabad dos días después de la granizada.

—¿Y qué dice ese testigo?

—Se lo voy a leer textualmente, Watson. Usted me dirá luego qué opina antes de que yo le de mis conclusiones, que seguramente estarán apoyadas por su opinión previa.

Dejó el libro que tenía entre manos, y tomó un periódico muy amplio y amarillento.

—Cito: “El señor Saccai Bayavaha, mercader de variedades, estuvo en el lugar de la tragedia dos días después. Vio con sus propios ojos el desastre, y lo que vio fueron cuerpos destrozados por todos lados. Niños, mujeres, ancianos. Brazos y piernas separadas del cuerpo, con trozos faltantes como si hubiesen sido mordidos. Todos con las cabezas despedazadas y a veces directamente decapitados”. Según dice más adelante, al parecer tal magnitud de heridas no se vio en Bareilly, donde los dieciséis muertos pasaron a ese estado por algún golpe muy fuerte en la cabeza. En Moradabad doscientas treinta personas fueron masacradas por una tormenta. El broche de oro es que al día siguiente fueron todos cremados por orden de la policía.

Holmes, dejó el periódico sobre su escritorio y me miró fijo mientras encendía la pipa.

—Realmente me resulta increíble semejante cuadro, Holmes.

—Hay suficientes testigos como para descartar un invento de los periodistas —agregó, y soltó una bocanada de humo.

—Siendo así, mi duda es sobre la magnitud del destrozo. La fuerza de la gravedad puede hacer estragos sobre el débil y suave cuerpo humano, pero no al grado de desmembrar y decapitar a la gente, o arrancarles trozos de carne.

—Note, querido Watson, el detalle de que todas las cabezas presentaban laceraciones importantes. —Asentí con la cabeza para darle la razón, y dejarlo que siguiese con el hilo de pensamiento—. Usted sabe lo interesantes que me resultan los hechos que se presentan como sobrenaturales, pero a veces sin que se los muestre como tales, lo parecen. En este caso, un simple granizo, por más grande y fuerte que fuese, no puede hacer semejante cantidad de destrozos. La gente habría acudido a cubrirse. Está en la naturaleza de todo ser vivo el querer mantener esa vida.

Se puso de pie y fue hasta mi escritorio, tomó un documento que había terminado de escribir hacía poco tiempo. Lo miró apenas, y luego viró hacia mí con una sonrisa llena de astucia infantil.

—Algún día deberemos retomar esta investigación, Watson. Creo que hoy hemos encontrado un paralelo, y no creo que sea único. Lo que ocurrió en Moradabad es un brote similar al de Boscombe. Sólo que en el nuestro los muertos vivos eran apenas seis, y aquí doscientos treinta. No se olvide que la corona ocultó el brote de Boscombe, y la limpieza a la que se sometió la región, con un par de excusas absurdas en los periódicos. Al parecer hicieron lo mismo en la colonia de la India. La Patagonia y Buenos Aires nos siguen esperando, Watson.

—Habría que empezar a planear el viaje, Holmes.

FIN

1888 - Conspiración Zombie

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domingo, 9 de agosto de 2009

Freud y Charcot contra los zombies

Autor Martín Cagliani - Ilustraciones Pedro Belushi

(En base a textos de Sigmund Freud)

©Todos los derechos reservados.

A continuación se presenta un escrito inédito de Sigmund Freud sobre una investigación llevada a cabo por Jean-Martin Charcot con zombies. La fecha que figura al final del documento, diciembre de 1888, seguramente fue cuando fue escrito, pero el evento no puede haber ocurrido antes de julio de ese año, ya que aquí se habla del brote zombie del 12 de julio de 1888 en Inglaterra, relatado por John Watson, y se menciona el anterior de Estados Unidos relatado por Galning Forsker:

Freud y Charcot contra los zombies. Pedro Belushi.

En la estación de París me esperaba un enviado de Charcot. Parecía de unos veintitantos años, aunque mostraba una pelada incipiente. Se presentó como doctor Julio Del Cueto, de España, otro extranjero bajo el ala del maestro Charcot.

Camino al castillo de Charcot intenté obtener algo de información extra de mi guía, pero el maestro lo había instruido para que no me diese información alguna. Él mismo quería presentarme el caso tan extraño de histeria que me había relatado en la carta.

Durante los meses que pasé estudiando con él en la Salpêtrière, hace dos años, no me pareció que Charcot fuera uno de esos a quienes asombra más lo raro que lo ordinario, y toda su orientación espiritual me llevó en aquel momento a conjeturar que él no descansa hasta haber descrito de manera correcta, y clasificado, cada fenómeno de que se ocupa.

El caso por el que me había convocado, era extraño, como él mismo lo describió, y sin duda sería importante, al grado de que me había enviado hasta el dinero para viajar de Viena a París.

El carruaje nos dejó justo en la entrada de la magnífica mansión de Charcot. Verla me trajo buenos recuerdos de aquellos tiempos de estudiante, cuando pude visitarla en una velada de sociedad. ¿Qué sería lo que me tenía preparado Charcot, que lo hacía citarme en su casa y no en el hospital?

Del Cueto me llevó por los corredores vacíos hasta el estudio de Charcot, pero él no estaba. Lo recorrí con la mirada, lo recordaba más amplio, o sería que ahora mi casa era un poco más grande que ese estudio. Mientras admiraba una extensa colección de libros de enorme tamaño, entró el maestro Charcot.

Estaba igual que como lo guardaba en mi memoria, sólo que ahora tenía unos 60 años. Era un hombre alto. Medio encorvado, pero vivaz, alegre. Seguía con ese vigor físico y lozanía de espíritu que lo caracterizaban. Tampoco lo había abandonado la larga melena sujeta detrás de las orejas, ahora totalmente cana. Iba perfectamente rasurado.

—Freud, amigo fiel. Le agradezco mucho que haya acudido a mi llamado con tanta premura —me dijo con esos labios carnosos y esas facciones tan expresivas. Nos estrechamos las manos con fuerza.

—Admito, Charcot, que lo que más me apresuró fue la curiosidad, que me carcome desde que leí su carta hace dos semanas. ¿Cuénteme qué tiene de extraordinario este caso del que me habló? —respondí en un francés oxidado.

—Más que contar, se lo voy a mostrar Freud. Sígame —dijo Charcot, pero se detuvo y dio media vuelta—. Qué modales los míos, imagino que ya se habrán presentado —Señaló a mi guía—. Del Cueto es un neurólogo excelente para su edad, hace algunos meses que está trabajando conmigo en este proyecto secreto. Lo conocí gracias a un intercambio de cartas de lo más extraño que ya le iré contando junto con los pormenores del caso.

Incliné mi cabeza hacia Del Cueto en signo de apreciación, y él me devolvió el gesto. Charcot se encaminó nuevamente, y nosotros lo seguimos. Me hizo acordar los tiempos en que paseaba tras él en el Hôpital de la Salpêtrière.

—Freud, la máxima satisfacción que un hombre puede tener es ver algo nuevo, o sea, discernirlo como nuevo. Lo que tenemos aquí es algo extrañísimo que podría traer consecuencias increíblemente benéficas para el ser humano, como también terriblemente nefastas.

Descendimos unas escaleras y entramos en un amplio sótano, poco iluminado, y totalmente inmerso en un olor pútrido que bien podría ser de varias ratas muertas.

—Ya ve usted —me dijo apuntando hacia delante con la mano.

Frente a nosotros había tres mujeres. Dos de edad avanzada en muy mal estado, y una tercera no tan mal, de unos veinte años. Parecían adormiladas, los ojos cerrados. Estaban inmovilizadas en brazos y piernas por anillas de cobre contra un fondo de madera. A cada lado de sus cabezas había un gran imán. Los rostros casi no se podían ver, ya que tenían la boca cubierta por una ancha faja de cuero.

—Acérquese, Freud —me dijo el maestro.

Las mujeres estarían a unos seis pasos de nosotros, hice tres y los retrocedí enseguida del susto. Las tres mujeres despertaron de su letargo y se movilizaron como si estuviesen poseídas, en un estado de histeria increíble.

—¿Qué caso de histeria es este, Charcot?

—Antes de contarle lo que pude descubrir hasta ahora, me gustaría escuchar su opinión sobre lo poco que vio.

Volví a pasear la vista por las mujeres, que ahora me miraban con ojos vidriosos como quien ha pasado mucho hambre y observa una suculenta comida a través de una vidriera.

—Veo que son muy agresivas, y que las está tratando con metaloterapia y magnetoterapia, como para anestesiarlas, imagino. Por eso ese estado letárgico. La agresividad e hiperactividad se podrían tratar con cocaína. Yo mismo ingerí un poco antes de venir, para calmar mis nervios. ¿Son pacientes catapléjicas? ¿Sonámbulas?

—Cerca —respondió Charcot—. El problema aquí, Freud , es que todo en estas mujeres está muerto a excepción del cerebro.

—¿Un caso de anestesia histérica general? Sería una cataplexia, entonces.

—No… están literalmente muertas, Freud. No corre sangre por su cuerpo, ni hay células vivas. Sólo el cerebro se mantiene activo, al menos hasta que se descompone por completo.

Me quedé perplejo. Mire con detenimiento a las supuestas muertas vivas. Si no fuese porque tenían los ojos abiertos y se movían, bien podrían pasar por cadáveres. En dos de ellas se notaban los signos de una descomposición avanzada, ya la piel cuarteada y con coloración verdosa. Y el olor putrefacto que inundaba la habitación era señal de que las bacterias ya habían comenzado a hacer su trabajo. Pero una de las mujeres, la más joven parecía lozana.

Charcot no era un hombre bromista, ni que gustase de tomarle el pero a la gente, pero… lo que me decía era extraño por demás.

—¿Están realmente muertas? —Indagué.

—Técnicamente sí, Freud. El corazón ha dejado de funcionar. Aquellas dos murieron hace una semana, y esta hace dos días. Yo mismo las vi morir en el Hospital. Pero luego las traje aquí, y las froté con aquello que ve allá —señaló un frasco de vidrio— Y volvieron a la vida, o a algo parecido a la vida.

—Charcot, ¿qué es eso? ¿Ha encontrado la forma de engañar a la muerte? ¿La vida eterna?

—Nada de eso, Freud. Es lo que tratamos de elucidar aquí. Cómo puede ser que esto suceda. Tampoco es la fuente de la vida eterna, ya que como ve estas mujeres son altamente agresivas, y no tienen más noción de la realidad que un letárgico o un sonámbulo. Parecen hipnotizadas, ¿no?

Asentí.

—Hace unos meses me trajeron a un hombre en este mismo estado. Tardé en darme cuenta que en realidad estaba muerto. Lo estudié a fondo. Pero el problema es que como las células de su cuerpo han dejado de estar vivas, en él se generan todos los procesos de descomposición de un cadáver, y terminan echándose a perder en un par de semanas. Lo extraño es que por lo general, en un cadáver normal, lo primero que se licúa es el cerebro, en sólo algunos días. Pero en este caso es lo último en descomponerse. Por alguna razón el cerebro sigue vivo, y mientras puede comunicarse a través de los nervios con el resto del cuerpo, lo sigue haciendo hasta que las conexiones nerviosas van desintegrándose.

Hizo una pausa, tomándose el labio inferior, como solía hacer en sus magníficas conferencias.

—Freud. Como le dije, esto lo puedo perpetuar, lo puedo reproducir en diferentes cadáveres, lo que me hizo pensar que estamos ante algún tipo de histeria parecida a la cataplejía. Es una hiperexitabilidad neuromuscular.

—¿Pero en un muerto?

—Hace poco, gracias a Del Cueto —Lo miró y el hombre salió de entre las sombras—, pude leer un estudio escrito por el doctor Watson, de Londres. En él se hablaba de bacterias que mantenían vivo el tejido muerto. Según sus suposiciones lo hacían emitiendo descargas eléctricas imperceptibles. Lo que yo creo es que esas bacterias, si es que existen, lo que hacen es actuar sobre el cerebro como los microbios de la rabia que ha descubierto el gran Pasteur. Pero estas bacterias lo que hacen es sumir al cerebro en una hipnosis que modifica el tejido. Generan un desorden físico en el cerebro capaz de fomentar una histeria más allá de la muerte.

—Pero usted ya ha leído a Bernheim —dije—, y según él todos los fenómenos del hipnotismo tienen un mismo origen, la sugestión. Son un fenómeno psíquico, no tienen como base alteraciones del tejido vivo sino que sólo están en nuestra mente.

—Sí, Freud. Acepto algunos de los postulados de Bernheim. Pero deje que le cuente un poco más de los experimentos que he realizado hasta ahora.

Era difícil concentrarse en lo que decía el maestro, ya que si bien las dos mujeres más achacadas habían cerrados los ojos, la más “joven” no dejaba de mirarme. Parecía de facciones hispanas, con mezcla árabe, con esa larga y tupida cabellera negra que parecía más viva que su dueña.

—Cuando leí el artículo de Watson, intenté probarlo. —Siguió Charcot—. Corrí electricidad por sus cuerpos, y logré darles más vitalidad. Incluso con cobre e imanes. Pero sólo puedo excitar al cerebro. Si usted lo ve, es todo igual que un letárgico. Son insensibles, y esa laxitud… Ya no hay fenómenos psíquicos, sino que tratamos con la parte más elemental del sistema nervioso, la médula espinal, reducida por aislamiento hipnótico al mecanismo básico del reflejo. O se trata del funcionamiento automático de una parte del encéfalo, que ya fue estudiado por psicólogos y fisiólogos y ha recibido el nombre de automatismo cerebral o cerebración inconsciente.

—Pero, Charcot. Estamos hablando de gente muerta. ¿En qué se relaciona con la sugestión de Bernheim?

—La gente no quiere morir, Freud. Cada persona que muere, sufre una fuerte sugestión traumática. En la vida común, esa sugestión no sirve de nada. Pero de algún modo, la sugestión en conjunción con estas bacterias afectan al cerebro, y lo reviven en una hipnosis severa. La agresividad sólo se da hacia personas vivas, entre los muertos vivos no se agreden.

—¿Usted quiere decir que nos agreden porque estamos vivos?

—Algo así.

Pensé unos segundos, sintiendo la presión de los grandes ojos vivos de Charcot y los ojos muertos de la joven morocha. Mi intento de hacerme famoso con la cocaína había fallado, aquí podríamos tener algo que nos daría fama mundial.

—Charcot, esto que tiene aquí puede ser muy grande. ¿No pudo devolver a estos muertos vivos a un estado de vigilia? ¿Siempre permanecen en ese estado letárgico de hipnosis?

—Sí. No vuelven, y es sólo el cerebro el que permanece vivo. Incluso… —Lo miró a Del Cueto—. Ellos, los muertos vivos, buscan también cerebros, vivos, o sea vivos de verdad. Por eso la agresividad, quieren atacar a los vivos y comerles el cerebro.

Mi expresión de asco y perplejidad debe haber sido marcada, porque tanto Charcot como Del Cueto sonrieron al verme. Del Cueto tomó la palabra.

—Con el maestro hemos experimentado, incluso, con la idea del fluido universal magnético de Mesmer, pero nos inclinamos por una bacteria que pueda causar esto. Incluso el gran descubridor de que la hipnosis es un sueño lúcido, el abate Faría, decía que una extracción de sangre importante podría volver sonámbulo, o sea hipnotizado, a cualquiera. O sea que esas bacterias pueden llegar a causar este estado letárgico.

Miré a Charcot y este asintió, aprobando lo dicho por su discípulo.

—Usted sabe —dije—, que yo me inclino por que la hipnosis es únicamente un estado psíquico, sin que afecte de forma física a ninguna parte del cuerpo. Pero creo que usted ha encontrado finalmente la prueba que necesitaba para contradecir los postulados de Bernheim. Aunque en realidad no estamos seguros de que esto sea una hipnosis, tal vez esas bacterias actúan de otro modo. ¿Usted llegó a ver a las bacterias?

—No —respondió Charcot, con sequedad—. Hemos estado llevando a cabo este estudio en el más profundo secreto con Del Cueto, nadie puede enterarse de esto, Freud.

—Pero podríamos ir a ver al gran Pasteur, que si bien ya está retirado, su sabiduría es inmensa con respecto a los microbios. Si descubrió una vacuna contra la rabia, podrá descubrir cómo revertir este estado letárgico o hipnótico de sus muertos vivos, Charcot. Esto podría…

—No podemos, Freud. No puedo decidir sobre esto. El experimento me ha sido encargado por alguien, quien me trajo los primeros casos, y me pidió secreto absoluto.

En ese momento se escucharon pasos por la escalera que conducía al sótano. Entró un hombre de bigote largo y barba bien cuidada. Tendría unos sesenta años, como Charcot.

—¿Quién es este hombre? —dijo el recién llegado, señalándome.

Charcot se adelantó y apoyó una mano sobre mi hombro.

—Este hombre es Sigmund Freud.

El recién llegado pareció tranquilizarse. Luego me enteré que había leído mi estudio sobre la cocaína, y le había ayudado a dejar su adicción a la morfina.

—Charcot, esto tiene que terminar ya —dijo el hombre—. Fui elegido concejal de Amiens, y planeo tener ahora una vida tranquila, preocupándome únicamente por mi ciudad. Quiero que estos experimentos se terminen, y yo sea desvinculado por completo de ellos. No voy a ver arruinada mi carrera literaria y política por esto —señaló a las mujeres.

Charcot me miró.

—Freud, este hombre es…

—No, nada de nombres —dijo. Sacó un revólver del bolsillo de su casaca y acto seguido se acercó a las muertas vivas y les dio un tiro en la cabeza a cada una. Las mujeres parecieron morir, por segunda vez. El hombre de bigote volvió a guardar el arma, y miró a Charcot directo a los ojos.

Freud y Charcot contra los zombies. Pedro Belushi. —La Sociedad Científica Argentina me ha enviado un telegrama, Charcot. Aquí lo tiene —se lo entregó en mano—. Son una serie de medidas que hay que tomar para que esta maldición de los muertos vivos no se expanda. Demandaron que terminemos de inmediato con los experimentos.

De todo lo que sucedió después no debería escribir nada, ni tampoco lo que ya he escrito. Me pidieron que guardase secreto total. Pero esto debe saberse.

El hombre que no quería ser nombrado era nada menos que Julio Verne, el gran escritor de los viajes extraordinarios. No pude saber cómo, ni cuándo, pero él fue quien había descubierto la acción de esa carne putrefacta que había dentro del frasco de vidrio. Acudió a Charcot para que lo ayudase a devolverle la vitalidad y le quitase la agresividad a su sobrino, que había caído en ese estado.

No pude saber qué tenía que ver la Sociedad Científica Argentina en todo esto, ni el contenido del telegrama, ni tampoco por qué ellos podían hacer demandas al gran Charcot y a uno de los escritores más famosos del mundo. Pero me di cuenta que de esto no podría sacar nada, ni fama, ni conocimientos. Esa sociedad argentina me había quitado todo de cuajo.

Eso no fue lo peor, ya que me obligaron a bañarme desnudo allí mismo en el sótano, y así lo hicieron ellos tres también. Luego llevaron los cuerpos de las tres mujeres a una caldera que había al fondo del sótano. Del Cueto, tuvo que limpiar todo el sótano siguiendo los procedimientos antisépticos de Lister, con ácido fénico.

Charcot me pidió y Verne me ordenó, que no hablase con nadie, ni escribiese sobre este tema, del que no llegué a comprende su magnitud hasta que, ya de vuelta en mi hogar, unos pocos días luego del suceso, me llegó una carta con membrete de la Sociedad Científica Argentina.

Iba escrita en perfecto alemán, y estaba firmada por “El Gestor de la SCA”. En ella me contaron muchos pormenores sobre los orígenes de esto que Charcot había estado investigando. Provenía de la Patagonia, y no se sabía a ciencia cierta qué era. Por eso la sociedad argentina, al parecer, estaba tratando de investigarlo a través de diferentes sabios mundiales. Charcot no había aportado nada interesante, según me decían, por lo cual habían cerrado su investigación.

Me decían que volverían a contactarse conmigo, pero hasta la fecha no he recibido nada de ellos más que un pedido imperioso de silencio. Tampoco creo que vuelvan a contactarse. Sin embargo quiero dejar constancia de esto que he vivido, y se lo envío a usted Fliess porque es mi persona de confianza en este momento. Sinceramente temo que algo pueda llegar a ocurrirme por lo que pude averiguar que ocurrió en Londres con Sherlock Holmes y en Arkham, en la Universidad de Miskatonic. Sinceramente suyo, Freud.

Diciembre, 1888.

FIN

Conspiración Zombie

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sábado, 11 de julio de 2009

Lovecraft contra los zombies: segunda parte

Continuación de Lovecraft contra los zombies

El día 5 de junio recibimos un telegrama desde Buenos Aires a nombre de Howard Armitage diciendo: “Tragedia. Han muerto todos menos Izgatott y yo. Estamos volviendo en esta misma fecha”. Un mes más tarde llegaron los dos a Arkham, totalmente de incógnito. Casi con vergüenza. Se entrevistaron con el decano de la Universidad, y se resolvió que los resultados de la expedición se mantendrían en secreto. Incluso desaparecieron todas las publicaciones de la Universidad que habían mencionado la partida.

Recién al día siguiente, en la noche del seis de julio pude hablar personalmente con ellos. Me hicieron llegar una nota a mis aposentos, a manos del cuidador nocturno, Phillip Misfortune. En ella decía que nos encontraríamos en la biblioteca. Phillip me acompañó, y permaneció en la primera planta, ya que no se suponía que estuviésemos dando vueltas por la universidad de noche.

La iluminación eléctrica de la biblioteca era defectuosa. Subí hasta la tercera planta, a la oficina de Howard. Allí vi a mis amigos demacrados. Mi querido compañero Zavar había envejecido diez años, presentaba canas en la cabellera que nunca le había visto. Howard estaba encorvado, parecía un luchador romano derrotado a punto de recibir el golpe final.

—¿Qué ocurrió? —pregunté al tiempo que cerraba la puerta.

Howard fue detrás del escritorio, y se dejó caer sobre el asiento. Miré a Zavar, él esquivó la mirada. Zavar Izgatott, el que andaba siempre erguido, y miraba a los ojos de una forma que denotaba altura y liderazgo, ahora estaba derrotado. Misfortune, el cuidador de sesenta años que esperaba abajo, tenía mejor porte que él. Me entristeció, y se debió notar, por lo que dijo Howard.

—Forsker, ni se imagina usted lo que hemos visto —apenas dijo, y pareció quedarse sin palabras. Sin saber cómo decir todo lo que guardaba dentro.

—Armitage, será mejor que se lo mostremos —Agregó Zavar—. Antes de que el decano lo encierre para siempre.

Sin responder a mis ruegos de que me contaran que era lo que íbamos a ver, descendimos hasta la primera planta de la biblioteca, y allí reclutamos a Misfortune, para que nos abriese el depósito de reencuadernación del sótano.

Sobre una de las mesas había una pequeña caja de madera. Tenía manchas oscuras a cada costado. Zavar se acercó y abrió la tapa. Misfortune miraba desde fuera con curiosidad, así que Howard cerró la puerta.

—Esto, Forsker, no debes hablarlo con nadie —Me dijo Howard—. Debemos tener un pacto de secreto sobre la expedición y sobre esto que hemos traído. No puedes mencionarlo en tus estudios.

Yo miraba la caja como perro hambriento, así que Zavar me sacudió.

—Galning, amigo —me dijo, sin soltar mi hombro—. Esto es de vital importancia. Por favor. Nadie en el mundo debe conocer esto, y debemos hacer todo lo posible para que nuestros colegas de Argentina también respeten el secreto.

—¿Qué secreto? Sí, juro no hablar sobre el tema. Por favor, ya cuéntenme de una buena vez qué ha ocurrido y qué es eso.

Me acerqué a la caja. Zavar me señalaba el interior. Allí no vi más que un frasco de vidrio con algo dentro. Mi amigo se colocó un guante de cuero en la mano, y tomó el frasco. A la luz pude ver que se trataba de un trozo de carne, tal vez carne reseca.

pedro belushi

—¿Qué es?

—No lo sabemos —respondió Howard, y habré puesto alguna mueca extraña, porque dijo—: Lo que sí sabemos es lo que esto hace.

Levanté los hombros.

—Colegas, por favor. Así nos pasaremos toda la noche sin poder comunicarnos. Va a ser mejor que venzan sus reticencias y me cuenten de una vez qué ha ocurrido. ¿Han podido llegar hasta la isla?

—No —respondió Zavar, pero fue Howard quien tomó la posta:

—Un inglés nos llevó hasta la orilla del lago. Y nos mostró exactamente esto. Tenía dos frascos, uno se lo llevó consigo cuando escapó. No sabemos nada de su paradero, pero suponemos…

—Caballeros, si no van por orden, no comprenderé nada. ¿Un inglés? ¿Qué hacía allí en el medio de la zona hispánica?

—La Patagonia es cualquier cosa menos una zona con nacionalidad —Siguió Howard—. El inglés nos dijo que eso que hay allí dentro —Señaló el frasco—, son muestras de trozos de carne que los indígenas de la zona descubrieron en la isla… en unas ruinas.

—¡Lo sabía! —dije entusiasmado, en aquél momento sólo pensaba en mis teorías sobre los primigenios.

—Sí, al parecer en la isla hay ruinas, pero no llegamos a verlas —dijo, Howard, y miró a Zavar, que se había sentado, y no apartaba la vista del suelo—. Y por lo que sabemos, nadie las volverá a ver nunca. Hemos pactado con la Sociedad Científica Argentina que sean ocultadas para siempre. Si llega a repetirse lo que ocurrió a escala más grande… No, sabemos qué puede ser de nuestro mundo.

—¿Sociedad Argentina?

—Eso que ve allí, Forsker —siguió Howard—, parece ser la carne de alguna criatura. Según los indígenas, estaba dentro de un cofre metálico que les costó muchos días abrir.

Me miraron, esperando que yo sólo hiciera la asociación. No me llevó más que algunos segundos.

—El Ehiztari —dije—. ¡Las leyendas son reales!

Se confirmaba lo que yo había podido armar a fuerza de unir detalles de mitos de diversas partes del mundo. Mi rompecabezas sobre los primigenios. Era la carne del terrible Ehiztari, el cazador. La criatura que había sido la perdición de los primigenios, en la eterna lucha que llevaron a cabo los dos bandos, los basoan y medialdeko. En aquel momento sólo quise ir a ver esas ruinas, sólo pensé en poder confirmar mis suposiciones, poder probar al mundo que no se trataba de historias que se repetían una y otra vez en la mitología mundial en vano. Pero Howard me llevó a la realidad.

—Esa carne puede revivir a los muertos, Forsker. Los convierte en muertos vivos. Muertos caminantes. Vimos volver a la vida a los sesenta y seis pehuenches masacrados por los soldados argentinos.

Necesité unos segundos para asimilar lo que me acababa de decir. Yo había entrevisto en las leyendas, que las guerras entre los basoan y los medialdeko se habían peleado con tácticas de necromancia. Así habían convocado por error al Ehiztari, quien reanimaba los cuerpos muertos de sus víctimas, para que lo ayudaran en su cacería. Pero él cazaba tanto a basoan como a medialdeko, a todos los primigenios. Pero una cosa era verlo en las leyendas, y otra que mis amigos lo hubiesen vivido.

—Tenemos que probar esto —dije, tomando el frasco—, ¡podríamos comprobar todo lo que se ha dicho en leyendas sobre los primigenios!

—¡Está loco! —dijo Howard e intentó arrebatarme el frasco, pero yo lo esquivé—. Forsker, deje eso en su lugar. Usted no ha visto lo que le hace a los hombres.

—Pero podríamos probarlo en algún animal, en una rata o un gato.

—Forsker, deje eso ahí —seguía repitiendo Armitage.

—Galning, por favor, deja eso en la caja para que podamos seguir hablando —me dijo Zavar, al tiempo que se ponía de pie.

—Vamos, ¿me van a decir que no tienen curiosidad sobre cómo actúa este compuesto? Podríamos probar lo avanzada que estaba la ciencia hace millones de años, cuando los primigenios rondaban nuestro planeta.

—¡No necesitamos pruebas! —gritó Armitage—, lo vimos con nuestros ojos, Forsker. Deje eso ahí, por… por… agg.

Howard se tomó el brazo izquierdo, y le costaba respirar. Dejé el frasco en la mesa, y llegamos a tiempo con Zavar para atajarlo antes que cayera al suelo.

—Howard, ¿qué pasa?

—El corazón… —llegó a decir.

—¡Phillip! —gritó Zavar, y el cuidador entró como tromba, seguramente curioso por saber qué estaba sucediendo con tantos gritos.

Levantamos a Armitage entre los tres y lo recostamos en una de las mesas de encuadernación. Pero nomás apoyarlo salieron unos extraños ruidos de su boca, y dejó de respirar. Intentamos reanimarlo moviéndolo, y con golpes en el rosto, pero nada. Yo no tuve problema en apoyar mi oreja sobre su pecho. Estaba en silencio, inactivo. Howard Armitage había muerto de un ataque al corazón, y todo había sido mi culpa.

—¿Está muerto? —preguntó Misfortune. Tanto Zavar como yo asentimos con la cabeza.

Me senté en una silla cercana. No podía creer lo que había hecho por pecar de sobre entusiasmo. Zavar no despegaba los ojos de Howard, con el rostro entre triste y sorprendido.

—¿Qué vamos a hacer, llamo a un médico? —dijo el cuidador.

Zavar me miró, y luego a Misfortune. Comprendí que quería decir algo que el cuidador no debía escuchar.

—Philip, ¿puede esperarnos afuera unos minutos? —le pedí. El cuidador, que se había quitado el gorro, retrocedió marcha atrás hasta salir de la habitación. Cerré la puerta tras él.

—Galning… esto es terrible.

—Lo sé, era un buen hombre. Fue todo mi culpa. No tendré problema en admitirlo, si…

—No —me interrumpió—, no comprendes. Tengo miedo. Hay que atarlo.

—¿Para qué?

Zavar me tomó por los hombros y me sacudió.

—Galning, no entiendes todavía por lo que hemos pasado. Esto es un desastre. Puede ser que estemos infectados. Los científicos argentinos creen que… Esto… Podríamos tener encima lo que sea que ese Ehiztari haya esparcido. Esa carne —me soltó y señaló el frasco—. Galning, ¿no comprendes?

—¿Estamos hablando de bacterias, Zavar? ¿Crees que se trata de una enfermedad?

—Los científicos argentinos le han dado una explicación científica y racional al problema, lo han alejado de la magia de las leyendas, de la necromancia. Es pura ciencia, Galning. Y si los indígenas no se han podido sacar de encima esta enfermedad, ¿entonces como sé que nosotros no la tenemos?

—Pero, por lo que entendí sólo afecta a los muertos.

Ambos clavamos la mirada en el cuerpo sin vida de Armitage.

—Lo llamo a Philip —dijo Zavar—. Debemos asegurar a Howard, por las dudas que vaya a despertar.

—¿Qué sucedería si despertase? ¿Cómo despertaron esos indígenas?

—No quieres saberlo, Galning.

—¡Vamos! Ya tuvimos suficiente oscurantismo, por culpa de esto es que me he sobre entusiasmado y he causado la muerte de Howard. Ya dime lo que ha sucedido.

—No se despiertan como seres humanos. Apenas si parecen conservar un atisbo de vida, y ese atisbo es sólo la sensación de hambre. Se volvieron caníbales, ¡atacaban a los soldados! Hubo que hacer una gran hoguera con todos ellos, y con los soldados muertos. Sólo el fuego o un disparo a la cabeza los mataba para siempre.

—Tienen que ser bacterias que trabajan en el cerebro.

—¡Philip! —gritó mi amigo. El cuidador entró, tenía el rostro blanco. Algo había escuchado, sin duda—. Ayúdanos a… a cubrir al doctor Armitage.

Permanecí a un lado de la puerta mientras Philip buscaba una lona fuera. Cuando entró, Zavar lo ayudó a desplegar la lona, que soltó una gran polvareda. Entre la nube de tierra vi cómo los ojos de Armitage se abrían, y su rostro se giraba mirando la mano del cuidador que se acercaba a él con una punta de la lona. Mi boca no obedeció, permanecí duro sin poder hacer nada. El terror se había apoderado de mí.

Vi cómo el que había sido uno de los hombres más sabios de la nación, estiraba su cuello y mordía de forma salvaje la mano de Misfortune. Tan fuerte que a pesar de que el cuidador la retiró enseguida, un trozo de carne quedó entre los dientes del cadáver de Armitage, quien lo masticó y tragó.

—¡Galning! ¡Ayúdame! —gritó Zavar. Philip daba alaridos de dolor y se había replegado contra la pared cercana a la puerta.

Logré destrabarme y corrí a tomar la lona, pero no pudimos sujetar a Howard que, a pesar de estar muerto, seguía teniendo fuerza. Vi cómo Zavar desesperaba mirando para todos lados, buscando algo con qué atacar a Armitage. Yo no supe que hacer, y me replegué junto a Philip.

Armitaje parecía tener ojos sólo para el cuidador, miraba fijo su mano. No coordinaba bien los miembros, por lo que cayó al suelo al intentar bajar de la mesa. Aproveché para patearlo, pero casi me atrapa la pierna, así que me alejé y el cadáver viviente se levantó de a poco. Zavar estaba en la otra punta del cuarto, buscando algo.

Philip no dejaba de gritar, pero estaba petrificado al lado mío. El muerto vivo estaba apenas a tres pasos nuestro, y los sorteó de una forma espasmódica que nos aterrorizó más todavía. Caminaba con la boca abierta, gimiendo. Estiró los brazos intentando tomarnos, y allí fue que junté fuerzas y corrí a la otra punta del cuarto. Philip no hizo a tiempo y lo que había sido Howard lo atrapó y le mordió el cuello repetidas veces. Luego de la última, salió un chorro de sangre por un costado de la boca del gran bibliotecario.

Entonces vi que Zavar cruzó corriendo el cuarto, pensé que huiría por la puerta que estaba junto al caníbal, pero llevaba una larga cuchilla de encuadernador en las manos, que incrustó en el cráneo de Armitage casi hasta la altura de los ojos.

Yo junté valor, y tomé al muerto vivo de la ropa y lo revolé contra el suelo. Parecía estar… agonizando. Zavar retiró la cuchilla con dificultad, y la volvió a incrustar en el cráneo, esta vez casi cortándolo a la mitad. Armitage dejó de moverse.

Tanto Zavar y yo estábamos tan absortos con el espectáculo de un muerto muriendo por segunda vez, que nos olvidamos de Philip. Cuando lo recordé vi que estaba en el suelo, desangrándose, pero inmóvil.

Nos acercamos y notamos que el pobre cuidador había muerto. Sin siquiera meditarlo, Zavar tomó la cuchilla de la cabeza de Armitage, y la clavó por tres veces en el calvo cráneo de Philip Misfortune. No pude evitar reflexionar sobre lo acorde de su apellido, cuando sólo una desgracia había hecho que este pobre hombre estuviese aquí, y no en la garita que deba al patio de la universidad.

Mi amigo lucía como un soldado que ha pasado días enteros en el campo de batalla. La lujuria se reflejaba en sus ojos, que no parecían mirar a nada, sino hacia dentro.

—¿Qué vamos a hacer, Zavar?

No me respondió. Soltó la cuchilla, todavía clavada en el cráneo del cuidador. Se miró las manos ensangrentadas, y retrocedió dos pasos. Negaba con la cabeza, pero nada decía.

—Zavar, tenemos que hacer algo. Llamar a la policía, al decano, a alguien.

Mi amigo continuaba mirando fijo al cuidador, mientras negaba con la cabeza. Me acerqué y lo sacudí por los hombros.

—Esto… Galning. Es un desastre —dijo—. Yo… pasamos por el cementerio de camino hacia aquí, mira si… estas bacterias o enfermedad o lo que sea, no sabemos cómo actúa. ¿Y si se levantan los muertos? —dijo al tiempo que me miraba fijo a los ojos.

—Creo que debemos llamar al decano.

Zavar asintió.

Entre los dos apilamos los dos cuerpos junto a una de las mesas. Tomamos el juego de llaves de Philip, y cerramos el cuarto de encuadernación. Acordamos en que Zavar esperaría en la puerta de la biblioteca mientras yo iba a buscar al decano. Pero cuando volvimos, él ya no estaba. Nunca más volví a ver a mi amigo Zavar Izgatott.

El decano no pareció horrorizarse al ver a los dos cuerpos, incluso retiró la cuchilla del cráneo de Misfortune sin mostrar asco.

—Hoy me llegó un telegrama —dijo mientras depositaba la cuchilla ensangrentada sobre una mesa—. Es de la Sociedad Científica Argentina. Debe haberles costado una fortuna, ya que son dos páginas con instrucciones para lidiar con quienes estuvieron en la expedición, y con lo que han traído de la Patagonia.

Me miró fijo, me tomó por un hombro y me sacó de la habitación. Luego cerró con llave.

—Aquí no ha pasado nada, Forsker. Jamás podrá hablar de esto en ni en público, ni en privado. ¿Entendió? —yo asentí—. No sé si se da cuenta que la humanidad entera podría perecer si este mal del Ehiztari se esparce. Al parecer es una enfermedad infecciosa. Y hay que lidiar como con la peste. Deberemos quemar todo, y nosotros mismos quemar nuestras ropas, y darnos un baño profundo. Pero me refiero a bien profundo. Debo verlo con mis propios ojos, Forsker.

—¿Y Zavar?

—Yo me encargaré de buscarlo y limpiarlo. No se preocupe, usted vuelva a sus primigenios, y olvídese de lo que ha sucedido hoy aquí.

Asentí. Pero como el lector se habrá dado cuenta, no cumplí mi promesa y lo he dejado por escrito. No lo haré público nunca, pero un día alguien llegará hasta aquí buscando respuestas, y espero que las encuentre.

Así termina todo. No escribió nunca nada más sobre el tema, y en sus libros ni siquiera menciona a la Patagonia. Mis averiguaciones sobre el papel de la Sociedad Científica Argentina y sobre la malhadada Expedición a la Patagonia serán material de otro capítulo. El único cabo suelto, Zavar Izgatott, no creo que lo haya sido por mucho tiempo. No se supo nunca nada de él, pero con los antecedentes del Decano de la Universidad de Miskatonic, no dudo que lo haya encontrado y silenciado para siempre.

El cementerio de Arkham fue totalmente removido en ese año de 1888, según pude descubrir. Y entre los pacientes del Asilo mental de la ciudad, ese año entró uno sin nombre. Murió pocos meses después, y su cuerpo fue donado a la Universidad de Miskatonic para experimentos. Sin duda debe haber sido el pobre Izgatott. Sobre el Decano mucho no puedo decir, ni siquiera su nombre, porque sus manos son largas y fuertes, no es hombre con el que uno pueda meterse, por más que haya muerto ya hace dieciocho años.

FIN

(Recopilado en Conspiración Zombie por Martín Cagliani)

Lovecraft contra los zombies

Autor Martín Cagliani - Ilustraciones Pedro Belushi 

(Utilizando personajes y lugares ficticios de la obra de H. P. Lovecraft)

Extracto del libro Sobre los primigenios (1922), de Santiago Achotegui:

pedro belushi

Hace seis años llegué hasta la Universidad de Miskatonic buscando el libro ¿Otra humanidad?, del noruego Galning Forsker, quien fue catedrático de folklore e historia antigua allí durante dieciocho años. La universidad poseía el manuscrito original, con partes no incluidas en la versión comercial. Fue esa misma institución la que financió su expedición de 1910 al volcán Gunung Lawu, durante la cual desapareció este excelente científico. Pero esta historia no es sobre Forsker, sino sobre un caso que pude descubrir mientras exploraba la biblioteca.

Se trata de una expedición a la Patagonia cuyos resultados fueron de vital importancia para los experimentos del doctor Herbert West, conocido como “el reanimador”. Pero esto ocurrió mucho antes que West comenzara sus estudios de medicina en Arkham. Los eventos que voy a relatar sucedieron en la noche del seis de julio de 1888, consecuencia de la trágica Expedición a la Patagonia de la Universidad de Miskatonic.

Sobre esta última, les citaré un extracto del diario personal de Zavar Izgatott, en el que cuenta de forma breve el viaje hasta la zona del desastre:

Nomás llegar a Buenos Aires, el 6 de abril de 1888, nos dimos cuenta lo anticuados que estaban nuestros datos y mapas de la región. Con alegría nos enteramos que el tren ya llegaba hasta Bahía Blanca, de forma que nuestro viaje se acortaría sobremanera. En esa región se encontraba la Fortaleza Protectora Argentina. Pudimos enterarnos en el camino que la incipiente ciudad, con unas seiscientas casas, tenía una población de lo más cosmopolita. También nos contó un francés que viajaba con nosotros, que Bahía Blanca no sólo era el fin del ferrocarril, sino también el final de la civilización.

Nuestro mapa de la región, copiado por Forsker de un libro galés de la Universidad, databa de 1862, y al parecer habían ocurrido muchos cambios y eventos históricos en la región. El gobierno local había conquistado toda la Patagonia y se había deshecho de los indígenas, dejando el camino casi desierto hasta nuestro destino. Pero esa región estaba abandonada a la buena de Dios.

En el hospedaje entramos en conversación con un comerciante inglés de lo más dispuesto. Su nombre era Charles McCarthy. Luego de casi una noche entera que pasamos en vela conversando con él, lo contratamos como guía, ya que había participado en la Campaña del Desierto, como llamaban allí la guerra entre argentinos e indígenas.

Nos llevó primero hasta una isla en medio del río Negro llamada Choele Choel. Nombre curioso, que en la lengua de los locales, los mapuches, significa espantajo de resaca, que hacía mención a las formas fantasmales que adoptan los residuos que dejan las crecidas del río. ¡Allí estuvo también Charles Darwin, en su viaje de 1833!

Nos reaprovisionamos en un pequeño pueblito de la isla, y seguimos el curso de los ríos, que era el camino más seguro, según McCarthy.

Nuestra idea, como lo había planeado Forsker, era llegar hasta la zona del lago conocido como Nahuel Huapí. El primer lugar a explorar, según los estudios de Forsker, era una isla de ese lago donde creía que había existido un punto telúrico durante los tiempos de los primigenios. Seguramente allí habría algún resto arquitectónico de esa antigua raza.

Pero desde la llegada al lago ya no pudimos confiar en McCarthy. Descubrimos pequeños engaños que nos hacía, y cuando entramos en contacto con indígenas de la zona a orillas del lago, ya no sabíamos si realizaba una buena traducción, o si estaba planeando algo. Fue una noche, luego del primer encuentro con los locales, los pehuenches, en que McCarthy nos mostró algo que un chamán de la zona le había dado. Según dijo lo había conseguido en la isla a la cual nos dirigíamos. No le creímos.

No existe más información de primera mano sobre la Expedición a la Patagonia de la Universidad de Miskatonic. Lo poco que se puede saber sobre esa aventura científica, lo sabemos por los escritos de Forsker, y por los documentos que él guardó en su colección personal. Nada de esto se ha publicado. El extracto que acabamos de leer es una hoja arrancada que está adosada a un manuscrito del mismo Forsker titulado “Evidencias de la Patagonia – Ciudad de los Césares”.

El manuscrito es muy desprolijo, seguramente notas que luego arreglaría. Pero lo que se rescata es que Forsker suponía que los primigenios habían dejado una especie de altares en diversas partes del mundo, que según él , se superponían con puntos telúricos. Como él creía que los puntos telúricos no permanecen en un sitio fijo más que algunos siglos, era muy complicado descubrir donde estaban esos altares. Justamente la meta de su vida era investigar, en cuanto documento caía en sus manos, la posible existencia de ruinas antiquísimas en cualquier parte del mundo.

La primera prueba posible le llegó de la mano de un compatriota mío, Domingo Faustino Sarmiento. Este argentino viajó por Estados Unidos en el año 1847. Según cuenta la historia, fue a estudiar el sistema educativo estadounidense. Mientras recorría Massachusetts, visitó la Universidad Miskatonic. (Puede ser, esta, una explicación de cómo llegó una copia del Necronomicón a Buenos Aires).

Al parecer Sarmiento no sólo se llevó algunos libros de allí, sino que dejó otros como donación. Se trata de una colección de crónicas de los padres jesuitas que realizaron diversos intentos de crear misiones entre los indígenas pehuenches de la zona del lago Nahuel Huapí, en Patagonia.

Por estas crónicas Forsker se enteró de la Ciudad errante de los Césares. Una ciudad legendaria que fue buscada durante siglos por todo tipo de exploradores, y que al parecer nunca estaba donde se suponía. Lo que llevó a Forsker a suponer que se trataba de unas ruinas de los primigenios relacionada con un punto telúrico. Pasó años investigando y elucubrando teorías, hasta que consiguió pruebas casi fidedignas de que podía encontrar esas construcciones.

Convenció al decano de la Universidad para financiar una expedición a la Patagonia, algo que no le costó mucho, ya que recientemente una familia de Insmouth había donado mucho dinero para investigaciones. Forsker planeó detalladamente el viaje junto con Zavar Izgatott.

Cabe aclarar quién era Izgatott, porque su nombre ha desaparecido de la historia. Este investigador había llegado desde Hungría con su padre a la edad de seis años. Al ser su padre experto en manuscritos antiguos, el joven Izgatott se crió en la universidad, y terminó siendo arqueólogo y catedrático de historia antigua de Miskatonic.

Junto con Forsker planeó a la perfección todo, con viajes contratados y equipos alquilados. Pero Forsker cayó enfermo. La expedición no se podía retrasar, porque no era posible quebrar los compromisos, se perdería mucho dinero. Así que el decano decidió enviar al bibliotecario Howard Armitage como organizador, si bien la expedición estaría a cargo de Izgatott.

Forsker protestó, pero nada pudo hacer más que pedir que Armitage tomase nota de todo. A esos dos expertos los acompañaron seis estudiantes de folklore y geología.

Los detalles del inicio de la expedición ya los vimos en palabras de Izgattot, pero lo que resta sólo podemos rearmarlo a partir del manuscrito de Forsker.

Podemos conjeturar que algo salió mal, muy mal, allá en las costas del lago patagónico. Lo que el inglés les mostró, era algo que había conseguido en la isla a la que se suponía debían ir. Algo que los mismos indígenas habían descubierto poco tiempo atrás. Pero al parecer no quisieron compartirlo con los extranjeros, ni querían dejarlos ir a la isla.

Ese mismo día llegó a la zona una patrulla del ejército argentino. “Mataron a todos”, se limita a escribir Forsker. Asumimos que se refiere a los indígenas, ya que de eso se trataba la mentada Campaña del Desierto, una masacre sistemática de los indígenas de nuestro sur.

Después de todo ese amasijo de datos desordenados, Forsker cambia por completo el estilo, y cuenta los eventos de la noche del seis de julio de 1888 con extremo detalle, tanto que me limitaré a reproducir sus palabras:

Continúa en Lovecraft contra los zombies, segunda parte

(Recopilado en Conspiración Zombie por Martín Cagliani)

1888

Para saber de qué trata la peligrosa Conspiración Zombie, entra a ver todos los cuentos del proyecto más maligno y ambicioso de la historia. Índice de la Conspiración Zombie.